jueves, 13 de septiembre de 2012

Conociendo a Elena II


Cuarenta y un años bien llevados, la sonrisa fácil y el gesto pausado.

El cabello, castaño claro, cuelga hasta sus hombros en una melena lisa partida por la mitad o domado hacia atrás cuando lo recoge en una desmadejada coleta floja.

Las canas a menudo festonean sus sienes, porque se siente perezosa para acudir a la peluquería con la frecuencia con la que demandan las raíces de su pelo.

Sus ojos son azules tirando a grises: sosegados, dulces, acogedores.

El rostro recuerda al de una Madonna de un pintor barroco: el óvalo redondo, la piel fina y luminosamente clara. Sobre ella en contraste, diríase casi en relieve, una boca de labios rojos y dientes grandes.

Se ríe mucho. A carcajadas. Con la a.
Frecuentemente contagia a las personas de su entorno con el sonido cantarín de su risa y las impulsa a participar de su alborozo.

Mide 1´64 m. De su peso no habla.

Es rotunda de formas. Cadera ancha y pecho generoso, muy femenina.

Normalmente viste cómoda, con mallas y botas altas, jerseys amplios o largos vestidos vaporosos.
Sin embargo hay días en los que se despierta sexy, se sube a unos tacones y se embute en una blusa de escote pronunciado.

Entonces se mira en el espejo y se siente poderosa.

No se resigna a su actual talla, por lo tanto, en su armario conviven en singular armonía las prendas que usa junto con las que, aunque no pierde la esperanza de volver a ponerse, en estos momentos no le es posible.  

Su perfume se compone de notas cítricas que se elevan por encima del olor a suavizante de su ropa.

Nunca se maquilla, por pura pereza.
No obstante, en ocasiones especiales, se regodea sombreando sus párpados con colores metálicos que realzan el color de sus ojos y erotiza sus labios aplicando sobre ellos un sensual y húmedo gloss brillante.

Entonces se mira en el espejo y siente que Cenicienta se ha convertido en princesa.

Sus joyas se reducen a la clásica alianza de boda y a unos pendientes de oro blanco que le regaló su marido el día en que nació su hijo.

Cuando está pensativa o escucha atentamente, apoya el codo izquierdo en cualquier superficie que se encuentre a su alcance, y con esa mano acaricia el lóbulo de su oreja.

Emana de todo su ser una profunda sensación de presencia absoluta y de perfecto enraizamiento.


Ella es Elena...

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Bendita Ignorancia


              “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”

                                            (José Ortega y Gasset)



¿Llego tarde o es que Elena y Sara han llegado pronto?

Ya han terminado los cafés y, por lo que veo, Elena ha consumido también algo de bollería. Quedan migas delatoras en un plato. ¿Qué le habrá ocurrido esta vez? ¿Qué poderoso motivo le habrá obligado a saltarse la dieta? Yo ya ni pregunto. En fin.

Están hablando de trabajo. Más bien de su ausencia.
Me saludan un tanto distraidamente, como si les costara mirarme, y siguen con la conversación:

- Bueno- cuenta Elena- los masajes no son productos de primera necesidad, y la gente espera a tener una contractura descomunal para venir a visitarme...

Antes repartía las citas con mucha antelación. Cuando terminaba una sesión, el cliente normalmente pedía hora para la siguiente.
Ahora te suelta el temido: “Ya te llamaré”, que significa que, con suerte, volverá cuando antes de cruzar una calle tenga que mover, en vez de solo el cuello, todo el cuerpo de un lado a otro para ver si vienen coches...-

Nos reímos pero asentimos con la cabeza.

Personalmente no creo que mi puesto de trabajo corra peligro a corto o medio plazo, sin embargo estoy preocupada por Ángel.

Este fin de semana ha tenido que asistir a una muy larga reunión laboral. Llegó ayer, cansado. No contó nada.
Esta mañana, antes de irse, ha musitado que tiene que hablar conmigo. Casi lo ha susurrado, como si no quisiera que el niño le oyera. Parecía serio.

Creo que algo no marcha en su empresa, pero no comento nada.

Habla Sara:

- Sí, el tema laboral está mal para todos.
Cuando comencé a escribir, pensaba que Internet iba a ser la salida natural a mi creatividad, que las nuevas tecnologías se aliarían para dar a conocer mi trabajo.

En un principio me resultó incluso sencillo. Me convertí rápidamente en colaboradora habitual en una página web fija, y, aunque el sueldo no era para lanzar cohetes, me encontraba realmente satisfecha conmigo misma, porque estaba convencida de que había subido el primer peldaño, y de que mi avance iba a ser ya imparable. Ocurrió todo lo contrario.

Poco a poco fueron escaseando los encargos, y un buen día, sin previo aviso, la página web con la que colaboraba dejó de existir.
Sin una explicación, sin conocer nunca el motivo, me encontré igual que al principio. O peor, puesto que en lugar del imparable avance que había vaticinado, llegó mi primer gran retroceso.

Decidí, entonces, introducirme en el mundo de los redactores por encargo... ¡vaya jungla!- Sara toma aire y resopla con fuerza- Me he encontrado con situaciones verdaderamente bochornosas: personas que, sin ningún pudor, copian los contenidos de otras y los presentan como propios, gente que decide que cualquiera puede dedicarse a escribir y entregan trabajos repletos de fallos ortográficos garrafales... y no estoy hablando de alguna tilde mal colocada, no. Hablo de haches y uves...

Durante esta andadura, he descubierto además, que hay páginas en Internet en las que registrarse como autor. Ponen en contacto a los redactores con los clientes potenciales quedándose ellos con una parte del dinero que ingresa el autor. Hasta aquí todo correcto.
Existen varias categorías de escritores,dependiendo del talento demostrado en una prueba de redacción inicial. Según la categoría, la tarifa es diferente. Bien.
Lo sorprendente del caso es que los escritos de la categoría inferior, los más baratos, se describen como buenos, y en la explicación se especifica que “contienen algunas faltas de ortografía” ¿Es eso profesional?

Y lo más humillante de todo...- Sara vuelve a respirar hondamente- es cuando ofrecen un euro por un artículo que debe ser lo suficientemente largo, original, bien escrito, a poder ser por un licenciado en Periodismo o similar...¡Un euro!
 
SOY UN ARTISTA. Eso no significa que vaya a trabajar gratis. by l3utterfish
¿Es eso lo que vale mi tiempo, mi esfuerzo y mi dedicación? ¿Plasmar en palabras una historia creada de la nada solo cuesta un euro?- Sara está indignada, nunca la había visto así- Lo malo es que hay personas que aceptan estas condiciones, por lo que es muy posible que los abusos sigan existiendo.

Soy muy consciente de que no es a través de esa jungla por donde cruza mi camino, pero necesito encontrar o inventar otra forma de ganarme la vida con esto. De lo contrario tendré que dejarlo y olvidarme de la escritura para siempre... ya sabéis, Don Dinero manda...- finaliza con una mueca de tristeza.





Tiene razón. Nos acostumbramos rápido a los dos sueldos, a las comodidades, y gastamos en base a lo que ganamos. Si se reducen los ingresos, nuestra vida cambia. Vivimos en base al dinero que tenemos...

Si ahora Ángel se quedara sin trabajo dispondríamos de menos y tendríamos que renunciar a ciertos extras que hacen que mi vida sea más placentera.

Espero que sea un malentendido y que lo que me tiene que contar no tenga nada que ver con esto...

martes, 21 de agosto de 2012

El Ambiguo Poder de la Verdad



                         “Es tan difícil decir la verdad como ocultarla”

                                           (Baltasar Gracián)

Elena está tardando una eternidad. Miro el móvil. No ha contestado a mi mensaje. ¿Lo habrá recibido?
Le he pedido que venga un poco antes porque tengo que hablar con ella. Cojo el móvil para ver qué hora es. Cuando lo vuelvo a colocar en la mesa me percato de que ni tan siquiera he visto el reloj. Vuelvo a mirar. Todavía es pronto, pero mis extremidades empiezan a experimentar el familiar cosquilleo previo a un estado de nerviosismo extremo. ¿Por qué tarda tanto?

Bebo un sorbo de té y me quemo la lengua. En realidad han pasado unos pocos minutos y no ha tenido ocasión para enfriarse.
No ha dado tiempo a nada. Solo a ponerme nerviosa...

Respiro hondo y dirijo mi atención hacia el centro de mis emociones, unos dedos por debajo del ombligo. Vuelvo a respirar. Una vez más... Mejor.

Llega Elena. Con su paso reposado y su sonrisa perpetua. Me saluda alegremente.

-Tengo que contarte algo muy fuerte- le digo de sopetón- Siéntate.

Elena se ríe.

-¿Otra vez?- pregunta con sorna. No me he dado cuenta de que estaba ya sentada.

-El sábado vi al marido de Irene con otra mujer- suelto de tirón, sin preámbulos.

-¿Con otra mujer?- pregunta anonadada- ¿Cómo?-

- Como te estás imaginando en este momento. Muy acaramelados en un bar de Laguardia.-

-¿Qué hacías tú en La Rioja?- pregunta con una expresión de sincera curiosidad en el rostro.

No puedo evitar una sonrisa ante lo cómica que resulta la curiosidad de Elena dentro de la dramática situación. Porque ella no sabe que que ayer estuve todo el día a punto de llamar a Irene y contárselo todo. No sabe que no lo hice por miedo, porque no me atrevía a enfrentarme a su reacción, fuese cual fuese.
Pensé que hablar con Elena rescataría la razón de entre la marejada de mis emociones. Así que contesto:

- Nos fuimos con unos amigos a pasar el día en una bodega. Después de cenar fuimos a tomar unas copas, y allí estaba Ángel, en un bar-

-¿El te vio?- inquiere Elena ya sumergida en la historia.

- No, estaba muy ocupado. De todas formas no creo que me hubiese reconocido. Solo hemos coincidido una vez en una exhibición de judo de los niños, y apenas nos hablamos...-

-¿Estás segura de que era él?- y su gesto va mudando, de sorpresa a preocupación.

-Sí. Soy buena fisonomista- contesto convencida- Además está el detalle de que Irene nos ha contado más de una vez que ha su marido le falta la falange del dedo anular. Al de Laguardia también.-

Elena calla. Creo que está intentando asimilar la información.

-¿Qué hacemos?- le pregunto sintiendo un vacío a la altura del estómago- ¿se lo contamos a Irene?-

Elena continúa callada. Me mira con expresión desvalida y sacude la cabeza suspirando.

- Voy a pedir- anuncia levantándose de la silla y acercándose a la barra.

Me encuentro más tranquila. Las preocupaciones compartidas pesan menos y entre las dos hallaremos una solución. ¿O no?

Elena ha vuelto de la barra con un café con leche y una napolitana de chocolate. La charla que hemos mantenido le ha llenado de angustia e intenta que el chocolate la reconforte. Ahora lo veo.
En este momento se ha percatado de que la he incluido en un conflicto en el que en un principio estaba yo sola. Y ahora tenemos que tomar una decisión. Las dos.
Mi confesión ha actuado como los vasos comunicantes. Mi ansiedad no ha desaparecido como por arte de magia: simplemente se ha trasladado una parte desde mi persona hacia Elena. No creo que sea justo para ella.




 Come en silencio. Concentrada. Creo que bloqueada.

-¿Se lo decimos?- pregunta- Creo que nos va a odiar hagamos lo que hagamos...

Asiento con la cabeza. Es Irene. Creo que nos va a odiar por el simple hecho de saberlo antes que ella...

-No tenemos que tomar la decisión en este momento ¿no?- aventura Elena con expresión de súplica en la mirada.
Me parece que quiere evadirse. Yo la he metido en esto. Tengo que ayudarla a salir.

Me encojo de hombros:

-Podemos consultarlo con la almohada- propongo. Y ella respira aliviada. Ha huido del problema retrasando la solución. Para mí no es un remedio ni mucho menos, pero Elena ha sacado la preocupación de su presente, que es donde vive, para trasladarla a un lugar en el que no habita.

Cambia radicalmente de tema. Como si no hubiese existido la conversación. Me cuenta ahora su fin de semana. No le escucho. Solo pienso en Irene...

Hasta que llega. La ropa adecuada. El pelo alisado. El maquillaje impecable y la sonrisa perfecta.

Tal vez en breve el corazón en ruinas...

domingo, 10 de junio de 2012

Vacaciones





Sara, Elena e Irene se van a tomar unas merecidas vacaciones. Volverán sobre la segunda quincena de Julio con fuerzas renovadas y más ganas de seguir charlando. Os quieren agradecer a tod@s por interesaros por sus ilusiones, sus miedos y sus deseos, que a veces son extrapolables a los de muchas otras personas.
En especial querrían agradecer a tod@s aquell@s que dejan su opinión por escrito, porque son los que, con sus comentarios, mantienen  viva la esencia del Blog...

Muchas gracias y un beso enorme,

La Principiante.

miércoles, 30 de mayo de 2012

El Valor de la Constancia


“Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender”

                                        (Charles Dickens)


- ¿No sigues con la dieta?- pregunta Sara y en su voz intuyo un poso de desilusión.

Sería fácil mentir. Contentarla. Fingir que todo va estupendo y que estoy encantada de la vida. Pero no. No voy a engañar a nadie, y menos a mí misma.


- Sigo, sí, pero sin ilusión...un día sí y dos no- comparto con ellas- Lo intento. Os aseguro que lo intento. Pongo en práctica todos los trucos que planeasteis para mí: Lo tomo como un juego. Pienso en esa recompensa que, espero, tengáis ya preparada- nos reímos mientras asienten con la cabeza- Me bombardeo con afirmaciones positivas. Intento autoconvencerme de que es lo mejor para mí, de que es la base para lograr una vida sana. Pero en vano- Resoplo.

Lanzo una mirada implorante. Espero que me contesten. Espero que alivien esta sensación de fracaso que me corroe por dentro. Porque yo sola no puedo...

-Quizá es que no estás siguiendo la dieta adecuada- aventura Irene con cautela- cuanto más personalizado es un régimen, mayor es su eficacia-

-Claro- secunda Sara- Elige de la comida que puedas comer, la que más te guste. No solo tienes que comer pescado hervido. Hay recetas dietéticas muy apetitosas-

No me entienden. No se trata de la comida. Es una cuestión de actitud. Se lo digo.

- No es eso, conozco todos los regímenes del mundo: los personalizados, los generales, los que están de moda y las dietas milagro...- suspiro- He acudido a nutricionistas y centros para adelgazar. Siempre me pasa lo mismo: Comienzo entusiasmada, no existe en mi vida nada más que la dieta, pero a medida que transcurren los días me impaciento, pierdo fuelle y me invade el desánimo-

Me callo. Me cuesta reconocer que me afecta. Intento seguir con mi vida como si no me importara nada, como si yo estuviera por encima de esas cosas. Sin embargo en el fondo lo considero un pequeño, o no tanto, fracaso.


Irene y Sara esperan. Sigo hablando:

- Es entonces cuando comienzo con los excesos. Al principio son algo puntual, luego pasan a ser más frecuentes y finalmente vuelven a ser parte de mi rutina diaria-

- Si algo estoy aprendiendo de vosotras es que los excesos no son malos en sí- afirma Irene rotunda con una sonrisa radiante- Da igual que sea un grito o un pastel, a veces lo necesitamos. Piensa en cualquier proceso largo que emprendas en la vida como recorrer un camino. No pasa nada por sentarse un rato a descansar, lo que hay que aprender es a levantarse después y seguir caminando.-

Irene enrojece un poco a causa del discurso que acaba de soltar, en el que empieza a creer.

- Sí, sé que tienes razón- le respondo- pero dónde o cómo puedo aprender a tener esa constancia que me ayude a continuar por el camino. En mi caso, cuando me invade el desánimo, abandono todo sin aparentes remordimientos y me embarco en algún otro proyecto que aplaque mi sed de entusiasmo.-

Me está sentando bien compartirlo con ellas. No sé, tengo la impresión de que no me juzgan, ni tan siquiera Irene. Por eso me resulta fácil sincerarme. Recuerdo todos mis proyectos abandonados a la mitad y sigo, esta vez con una sonrisa:

- Cuando empiezo algo, no importa que sea una dieta o un curso, inmersa en mi entusiasmo inicial me procuro todo tipo de material relacionado con la nueva actividad. Me equipo de arriba a abajo aun antes de haber comenzado, sin saber si voy a seguir. Así tengo los armarios llenos de libros de dietas, botes de productos para régimen a medio utilizar, cuadernos casi vírgenes, manualidades sin acabar, cremas anticelulíticas recién empezadas... Barbie kits los llamamos en mi casa- Se ríen- Mi última adquisición es el pack de macrobiótica: un libro, algas, miso orgánico...-

-¿Te has vuelto macrobiótica?- pregunta Sara interesada.

-Lo fui durante cuatro largos días- respondo. Se vuelven a reír.

-Bueno, tú piensa que si un día sientes la irrefrenable necesidad de aplicarte crema anticelulítica a las dos de la mañana, no tienes que buscar una farmacia de guardia, la tienes ya en casa- apostilla Irene en el mismo tono jocoso.

A veces tengo la sensación de que oculto con el humor mis verdaderos sentimientos. Creo que me río de los problemas en vez de padecerlos o afrontarlos. Sé que es bueno desdramatizar, pero tal vez algún día me convenga enfrentarme a pecho descubierto con el dolor. No sé.

Interviene Sara:

- Igual es que no aceptas las emociones negativas. Disfrutas tanto del entusiasmo mientras dura, que cuando comienza a disminuir, corres a buscar algo diferente que te proporcione la misma emoción. Un poco como las personas que son adictas al enamoramiento y pasan de pareja a pareja sin que madure nunca la relación-

Tiene sentido.

- Como te he dicho antes,- continúa Irene- si estás desanimada, es el momento de sentarse. Pero no de dar marcha atrás y regresar al principio. Cuando hayas descansado sigue por el mismo camino. Tienes que utilizar la constancia-

- Eso es- añade Sara- Yo también creo que la solución es integrar el desánimo en tu vida más que huir de él. Comprender que es un estado pasajero, no un fin absoluto. Y, aunque en esos momentos te parezca que todo lo que haces no da resultado, recuerda el cuento de las ranitas

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Añoranza del Pasado


“Vengo con mi recuerdo inmutable, tan intacto en su ayer que no encaja en el ahora”

                                                (José Luis Sampedro)


Llega Irene. Acelerada como siempre, pero con una sonrisa dibujada en el rostro. Parece más relajada.
Se sienta y se ríe.

- ¿Qué te pasa?- pregunta Sara sonriendo contagiada por su alegría.

- La verdad es que no tiene ninguna gracia- contesta Irene- pero como me habéis abducido, ahora me tomo las cosas de forma positiva y me río por cualquier cosa- añade irónica.

- Cuando venía hacia aquí un chico me ha llamado señora. En la puerta del cajero le ha dicho a su amigo: “deja que pase la señora”- prosigue- Y no era un niño de diez años, no, tendría unos veinte. ¡Qué mayor me he sentido!-

-Bueno- interviene Sara riendo- piensa que por edad, incluso podrías ser su madre-

- Ya- continúa Irene- Pero es triste pensar que invierto un montón de tiempo y dinero en gimnasio y cremas para que al final, en vez de ser una madurita sexy, sea: ¿una señora? ¡Vaya fracaso!-

Se ríe. Nos reímos las tres, pero creo que en el fondo no le hace ninguna gracia.
Me parece que Irene pretende ganar la batalla al tiempo, y contar derrotas resulta catastrófico para su autoestima.

-¡Pero si estás estupenda!- le animo. De verdad lo pienso- Yo no he tenido ese cuerpo ni con veinte años...-

- No se trata tanto del cuerpo como de la cara- responde con un gesto de resignación- Son las arrugas, las marcas de expresión, la flaccidez... Cuando más consciente soy de ello es cuando reviso antiguas fotos. Envidio esa tez lisa, ese rostro resplandeciente...-

-¡Uy las fotos!- comenta Sara- A mí las fotos antiguas, además de evidenciar los estragos causados por las modas tanto en el pelo como en la ropa,- nos reímos- me llevan directamente al momento en que fueron sacadas. Vuelvo a revivir entonces emociones del pasado, que ya sabéis que es mi paraíso perdido-
Suspira y continúa- Objetivamente soy consciente de que estoy en un momento estupendo de mi vida. Tengo una familia a la que adoro y me estoy empezando a querer y a valorar a mí misma también. Comienzo a lograr un equilibrio entre la mujer que soy y la que quiero llegar a ser... Sin embargo, a veces echo en falta sensaciones que se quedaron en el pasado...-

- Te entiendo- sigue Irene- Yo añoro las ilusiones intactas. Tener toda la vida por delante para cumplirlas antes de que el tiempo, una vez conseguidas, se encargue de devaluarlas- añade casi para si misma-

Estoy convencida de que el día que fuimos a las rocas Irene expulsó algo más que un grito. Se está empezando a sincerar y a soltar lastre. Le va a venir muy bien.

- Yo sobre todo recuerdo las primeras veces. Bueno, más bien los momentos anteriores a todas las primeras veces...- prosigue Sara.
-El día anterior a emprender el primer viaje con alguna amiga. Justo antes de entrar, por vez primera, a clase en la Universidad. El instante previo a acudir a una cita con un chico al que acabas de conocer, prepararse antes de salir de fiesta un sábado. Ese momento en el que eres consciente de que vas a hacer al amor por primera vez...-

Creo que nos ha convenido a las dos. Yo también echo de menos esos momentos. Sara continúa:

- Sin embargo, nada me parece comparable al segundo justo anterior al primer beso. Y no hablo del primer beso en la vida- sonríe con mirada pícara- sino del primer beso con cada chico.

Ese instante en el que el mundo se reduce a una burbuja cerrada habitada por los dos. En el que sientes el vértigo porque sus ojos te atraen como el abismo y te pierdes en su mirada. Ese momento en el que todo tu cuerpo se convierte en pura gelatina y crees que tus piernas no te van a sostener. Acercarse a cámara lenta, la respiración agitada, y una amalgama de alientos cuando las bocas están ya próximas. Una promesa que pasa a ser realidad cuando los labios al fin se juntan y las lenguas pasan a explorar la boca ajena...-



- ¡No sigas por favor!-interrumpe Irene riendo- ¡Me estoy derritiendo! ¡Quiero vivir esa sensación!-

-¡Yo también!- secundo con un puchero- ¡Y la quiero ahora!-

Nos reímos y después callamos. Cada una embebida de sus propios besos.

- Y tú, ¿qué es lo que más echas de menos?- me pregunta Sara rompiendo el silencio.

Reflexiono por un momento y lo tengo claro:

- Sentirme segura ante el espejo- afirmo rotunda- Y creo que no es una cuestión tanto de edad como de actitud. Tú antes has comentado que en tu caso no era una cuestión de cuerpo.- me dirijo a Irene que asiente con la cabeza- En el mío sí: este no es el mejor momento en mi relación con él, y añoro cuando nos llevábamos bien, cuando colaborábamos. No era una top model, pero me sentía atractiva. Y tenía fuerza de voluntad...-

-Pero sigues con la dieta,¿no?- pregunta Irene- ya se te empieza a notar...-

- Bueno- respondo- Unos días más que otros...-

martes, 8 de mayo de 2012

El Grito Liberador


“Si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener?”
 
                                         (Arturo Graf)




Esto es surrealista. Las tres en pie, en el borde de las rocas. Asomadas al abismo del mar.
Elena y Sara esperando a que grite bien. Pero, ¿cómo se supone que es un grito correcto?

Lo más surrealista de todo es que en medio de esta insensatez, en lo que más pienso es en que esta mañana he madrugado para plancharme el pelo y, con esta humedad, noto cómo está comenzando a ondularse.

Estas dos siguen sin rendirse, ¿qué pretenden de mí? Lo he intentado, pero no es suficiente. Nunca lo es. Debería poder hacerlo mejor.

Pero no quiero preguntar cómo hacerlo. Tengo la impresión de que de esa manera rebajo el valor de lo logrado.
Sin embargo se espera de mí que lo consiga. Y quiero acabar con esto de una vez, así que pregunto:

-¿Cómo tengo que gritar para liberar la rabia?- y esa pregunta me hace sentir inferior.

-Inspira profundamente,- explica Sara con voz queda- e intenta que el aire llegue lo más adentro que puedas. Una respiración abdominal. ¿Sabes hacerlo?-

Asiento con la cabeza. Claro que sé.

-Cuando lo hagas, intenta retener el aire un momento- continúa Elena con voz excitada- Entonces concéntrate en tu rabia, siéntela, recréate en ella y suéltala en forma de grito-

Ya estamos. No me han aclarado nada. Conceptos vagos pero no me han explicado exactamente cómo he de gritar.
Bueno, empezaré por la respiración abdominal. Eso sé hacerlo.

Inhalo lentamente y siento cómo el aire hincha mi abdomen. Lo retengo. Ahora tengo que pensar en mi rabia. De acuerdo.

Reflexiono sobre las veces que salgo tarde de trabajar a causa de la dejadez de otras personas. Por ahí voy bien. La impuntualidad. Sí, eso me enfurece. La gente que cree que su tiempo es más valioso que el mío y me hace perderlo esperando. Las madres indolentes que permiten a sus niños ser maleducados con el resto. Perfecto.
Y lo que más me irrita es no ser capaz de demostrar lo que siento en esos momentos, tener que aguantar mi crispación bajo control porque no considero que sean razones suficientes para enfurecerme públicamente.
Esto funciona. La familiar y molesta sensación a la altura del estómago comienza a crecer. La noto...

Me descubro pensando en Ángel y, sorprendentemente, me encuentro con la ira que me provoca que dé por sentadas ciertas cosas. Que no exprese sus deseos porque se supone que yo debo adivinarlos. Que mis emociones tengan que fluctuar según su estado anímico para no romper el equilibrio, y que ambos asumamos que yo tomo las riendas en todas las ocasiones. Estaba convencida de que era lo que yo quería. Pero no.
Siento rabia.

Pienso en cómo mi madre dispone de mi tiempo. En sus sutiles comentarios que yo interpreto inmediatamente como órdenes.
Siento rabia.

Ahora retrocedo y veo claramente a esa niña dócil a la que enviaron a ballet aunque ella prefería el baloncesto. A la que aconsejaron, por su bien, estudiar secretariado en vez de diseño. A la que animaron a casarse con ese “buen chico”.

Veo a esa niña que me reprocha, llena de rabia, haber permitido que hicieran eso conmigo. Me pregunta con gritos mudos por qué no me he rebelado, por qué he actuado siempre como los demás pretendían que lo hiciera, por qué pretendo que los demás actúen a mi manera...
Esto es recrearse en la rabia. Lo ignoraba.

La sensación de mi interior ha tomado cuerpo hasta convertirse en una bola imposible de contener, e inevitablemente se transforma en grito.
No nace de la boca del estómago. Comienza más abajo, en el vientre, y adquiere una fuerza imparable que impregna de ansias de libertad cada célula de mi ser. Cierro los ojos. Abro la boca y grito. Lloro. Y grito a través de todos los poros de mi piel.

Por la niña que fui. Por la madre, esposa e hija que soy. Grito para liberarlas a todas de la pesada carga de la ira contenida. Esa rabia que, escondida tras la máscara de la compostura, habitaba en mí sin tan siquiera ser consciente.

El grito se alarga, crece en intensidad y finalmente muere tragado por el murmullo de las olas. Me vacío totalmente. Continúo con la boca entreabierta, las lágrimas recorriendo mis mejillas. Tiemblo un poco.

Sigo pensando que la situación es surrealista, porque a pesar de la experiencia que acabo de vivir no puedo dejar de pensar en que voy a llegar a casa con el pelo rizado y el rímel corrido...
Me río. Sara y Elena ríen conmigo. A carcajadas.
Experimento una cálida y desconocida sensación de pertenencia. Estoy tomando parte en algo.

Siempre me he quedado un poco apartada en los actos participativos. Lo observo todo, incluso lo juzgo, pero desde detrás de una invisible barrera.
No sé, supongo que me he colocado una coraza, que es la que quiero mostrar al resto y tengo miedo de quitármela y perder la compostura.

¡Ay madre, que esto es inseguridad! ¡La leche! ¿Yo también? ¿Cuándo ha aflorado en mí esa emoción?

Después de todo tenía razón. Esto ha sido un akelarre  en toda regla..