domingo, 16 de junio de 2013
El Final
"Con todo lo que tenía salí un día a comprar un final feliz, pero como no encontré ninguno que me llenara por completo, decidí invertirlo todo en comprarme un nuevo comienzo"
Gracias a tod@s l@s que habéis estado al otro lado de la pantalla.
Quizá nos veamos en otra ocasión...
El Final: Sara
Estoy nerviosa. Estoy muy nerviosa.
Sin embargo soy capaz de reconocer, aun en estos
momentos, que es la respuesta natural ante una situación nueva, ante un momento
intenso.
No es inseguridad, ni bloqueo, ni tan siquiera
miedo, no.
Son solo nervios. En el estómago. Y no pasa nada,
porque respiro profundamente y se afloja momentáneamente el nudo. ¡Quién me iba
a decir a mí hace apenas unos meses que me iba a encontrar en esta situación y
con este aplomo!
Supongo que todo comenzó con la separación de Irene.
Para ella supuso la oportunidad de un nuevo comienzo. Para Elena y para mí la
demostración de que todos podemos desprendernos de tóxicas mochilas emocionales
si nos lo proponemos.
Yo decidí liberarme de una vez por todas de mi
coraza y mostrarme al mundo, y sobre todo a mí misma, tal cual soy sin
vergüenzas ni temores…
Cierto es que me ha resultado durísimo porque cuando
una ha pasado toda su vida evitando ser por miedo al presunto juicio ajeno,
resulta perturbador eclosionar y ofrecerse desnuda al mundo.
Por otra parte puede ser liberador no depender de
los actos ajenos y enarbolar, orgullosa, la bandera de la propia esencia.
Recuerdo perfectamente el día en que mi pequeño
Julen me dijo con orgullo que era la madre que contaba los mejores cuentos del
mundo porque como me los inventaba yo, él podía elegir los protagonistas…
Resultó revelador, ya que descubrí que en realidad soy eso: No soy una escritora de Literatura con mayúsculas que espera una
oportunidad. Soy ni más ni menos que una madre que crea las mejores historias
del mundo. Y además cuenta a su lado con el crítico perfecto…
Fue entonces, cuando me acepté a mi misma, el
momento en que me puse a escribir cuentos infantiles de forma frenética.
Parecía como si siempre hubieran estado allí y solo hubieran necesitado una señal
mía para emerger a la superficie.
Luego ocurrió todo tan rápido…
Comencé creando un Blog en el que publicar mis
relatos. Conté a mi lado en todo momento con el entusiasmo de Elena y la
constancia de Irene: la una animándome a empezar, la otra obligándome a seguir…En poco más de un mes recibí por parte de una página web de temática infantil la propuesta para unirme a ellos. Total libertad creativa. Acepté encantada.
Al poco una editorial se interesó por mi trabajo y me ofreció publicar una antología con mis cuentos. ¡No podía creerlo!
Soy totalmente consciente de que no corren buenos tiempos para la Cultura en general y para la Literatura impresa en particular, sin embargo estoy convencida de que se trata del comienzo de algo grandioso en mi vida.
Y ahora me toca firmar ejemplares y charlar con las
personas que hayan acudido a esta pequeña librería donde se presenta mi libro.
Veo mucha gente: mi familia, mis amigos… sonrisas, besos,
abrazos.
Cerca de la puerta distingo a Elena e Irene que
esperan en un discreto segundo plano.
Me dirijo hacia ellas y las abrazo. Hemos logrado
algo grande.El Final: Elena
El timbre. ¿Ya son las siete? Irene ha llegado y yo todavía no he terminado de vestirme… Me vuelvo a mirar en el espejo. Es pura vanidad, lo sé, pero ¡me encanta!
Creo que el punto de inflexión fue la separación de
Irene, porque hemos cambiado las tres con ella y a través de ella.
Supongo que al ser consciente del esfuerzo tan
grande que tuvo que suponer para Irene volver a retomar su vida de siempre pero
totalmente diferente, decidí que perder peso, mi Everest particular, tenía que
resultar poco más que un camino de rosas…
Y no es que lo haya sido, pero tampoco me ha
parecido tan terrible como lo había sido anteriormente.
Quizá haya influido el hecho de tener a mi lado la
disciplina de Irene y la imaginación de Sara. Me lo he tomado como un juego
cuya recompensa he sido siempre yo misma.
Cuando conseguí que me entraran mis antiguos
vaqueros, llegó el premio prometido: nos fuimos las tres a cenar a un
restaurante mexicano. ¡Cómo olvidar aquella noche!
Por encima de las copas vacías
de los margaritas y a través de lágrimas etílicas, nos juramos amistad eterna…¡cómo
lo pasamos!
Porque es cierto que no he renunciado a disfrutar.
Vivo como siempre, habitando todos y cada uno de los momentos de mi vida pero
he añadido la disciplina como un ingrediente más en la receta de mi existencia.
Clasifico los asuntos pendientes en tres grupos en
función de su premura.
Están los asuntos urgente, los que no se pueden
posponer y debo zanjar de inmediato, luego están los que hay que despachar pero
pueden esperar y, finalmente, hay asuntos que simplemente puedo ignorar…Así, sin pensar demasiado, introduciendo en mi rutina este sencillo esquema de manera mecánica, voy logrando lo impensable: Termino lo que empiezo y no se me acumulan tareas pendientes.
Definitivamente, sin dejar de ser yo, estoy consiguiendo
ser mi mejor yo.
Una última mirada rápida al espejo antes de calzarme…¡Ya
está!
Abro la puerta de golpe, todavía calzándome un
zapato y me encuentro de bruces con Irene. Le sonrío. Sé que no se puede
resistir.
Parece que va a decir algo aunque, finalmente,
suspira y sonríe conmigo.
-
Vamos, Sara nos espera-
El Final: Irene
Ya son más de las siete y Elena no baja. Llamo al timbre de su casa y oigo cómo descuelga, pero en vez de su voz, suena el inequívoco zumbido de apertura de la puerta. Eso significa que todavía no está preparada…
Es extraordinariamente significativo cómo algo tan cotidiano como respirar puede serenar el principio de una oleada de ira destructiva diluyéndola en pequeñas notas de sano cabreo…
¡Qué orgullosa me siento de mí misma! ¿Cómo iba a
imaginar en mis momentos más bajos, cuando Ángel se marchó, que tan solo tres
meses después iba a encontrarme así de satisfecha, tranquila, casi feliz?…
Ha sido un trayecto, este último tramo de mi vida,
duro pero gratificante.
He tenido que aprender a pedir con humildad y a
recibir con agradecimiento. Porque he pedido mucho, sí: Tiempo a mi familia y a
Ángel para que me apoyen con el niño. Favores a mis compañeros de trabajo.
Paciencia a mis amigos. Ayuda para lidiar con mis emociones a Sara y Elena…
Y no me ha importado. He sido sincera en mis
demandas y no he percibido ni lástima ni superioridad en las actitudes ajenas.
Vuelvo a creer en las personas.
Estoy convencida de que Elena y Sara han sido
imprescindibles para mí en esta etapa de mi vida que hemos comenzado juntas. Me
han aportado alegría, entusiasmo, herramientas para seguir adelante y, sobre
todo, la capacidad de valorarme por cómo soy, no por lo que pueda llegar a
conseguir…
Admito que soy una controladora y que,
probablemente, vaya a serlo el resto de mi vida. Sin embargo, en estos momentos
veo que soy capaz de suavizarlo.
No tengo por qué renunciar a conseguir mis
objetivos, no obstante, puedo disfrutar de mi camino mientras llega, o si llega, el momento.
Poseo a mi favor una gran disciplina que me ayuda en
uno y otro sentido e incluso soy capaz, en algunos momentos, de dejarme mecer (
y a veces vapulear) por la vida.
Todo eso he conseguido…
He llegado. Salgo del ascensor y me acerco hacia la
casa de Elena. Antes de poder pulsar el timbre se abre la puerta y asoma Elena
con una sonrisa radiante. Me desarma…
lunes, 4 de marzo de 2013
Planes de Futuro
(Francoise Sagan)
Noto el sabor salado que dejan mis lágrimas cuando recalan por un momento en la comisura de mis labios antes de seguir su camino fugaz hacia el nacimiento de mi cuello. Lloro sin pudor ni vergüenza delante de mis amigas y supongo que es éso precisamente lo que me libera.
Estoy cansada. Estoy cansada y me
alegro de que Sara y Elena sepan lo mismo que yo. Me alivia no haber
tenido que contarles en profundidad la verdadera historia y que, a pesar de todo,
ellas estén a mi lado, dispuestas a afrontarlo conmigo: a escuchar
mis palabras o a respetar mis silencios.
Después de todo de eso
tratan las grandes amistades, de acompañar sin juzgar. Y me
maravilla que ellas sientan eso por mí, yo que las he juzgado en
tantas ocasiones...
Realmente no pensé que yo pudiera
necesitar ayuda, ni aun en estos momentos. Estaba convencida de que
podría solucionar mis problemas sola, como habitualmente. Sin
embargo no ha sido así, y a cambio estoy conociendo la
reconfortante sensación del apoyo verdadero y sin condiciones.
Resulta infinitamente tentador dejarse arrastrar por la compasión
bien entendida y ese compañerismo casi olvidado. Siento que mi carga
es demasiado pesada para acarrearla yo sola, aunque se vuelve mucho
más ligera cuando se reparte el peso entre espaldas diferentes y
dispuestas.
Y si mi orgullo no es capaz de
soportarlo...¡Que se vaya también!, ¡que desaparezca tras los
últimos vestigios de mi matrimonio, ya que mi alma no necesita la
estrechez de miras de una indigente emocional!
-No creo que sea posible saber con
certeza y de forma global cómo iniciar una nueva vida- comienza
Elena respondiendo a mi pregunta- Lo que, por lo menos para mí,
resulta más sencillo es moldear lo abarcable, por ejemplo planificar
el día de hoy y vivir en el presente-
-Sí- reconozco que tiene razón- pero
es que en estos momentos no puedo tomar decisiones, me cuesta hasta
pensar en qué puedo preparar para cenar-
Es cierto. Yo, que he presumido en todo
momento de llevar las riendas de mi organizada vida, contemplo con
indiferente distancia cómo los imprevistos se van colando con
facilidad y en tropel por entre las ruinas de mi controlado y remoto
pasado...
-Es muy difícil hacerle frente a la
inseguridad- interviene Sara- Da miedo adentrarse en la negrura de un
futuro que ni tan siquiera te planteabas, que no entraba dentro de tus objetivos de mujer organizada. Sin embargo tú cuentas con un arma
poderosa...- calla con una sonrisa pícara y le imploro con la mirada
que siga- Una extraordinaria disciplina que para mí la quisiera
yo...-
-¡Y yo, y yo!- afirma categoricamente
Elena
- Cumples los planes a rajatabla-
continúa Sara- así que solo necesitas un programa a seguir.
-¡Ay!- suspira Elena- Si yo tuviera la
mitad de autocontrol que Irene, a día de hoy me quedarían grandes
sus pantalones más pequeños...- Se ríe. Echando la cabeza hacia
atrás y con la boca abierta.
Me río. Y redescubro con asombro el
chispeante cosquilleo de una risotada naciendo en mi pecho. Intento
recordar cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que escuché
el sonido cantarín de una carcajada mía. Demasiado.
-Vale, admito que yo soy disciplinada,
pero las de las ideas soy vosotras, de modo que soy toda oídos-
respondo mirando principalmente a Sara, cuya creatividad me resulta
asombrosa.
Se siente aludida. Enrojece
ligeramente, creo que halagada.
- Tenemos que encontrar un método para
romper con los bloqueos de cualquier tipo que nos impiden avanzar. No
solo para que tú empieces de cero, yo también me apunto. En tu caso
necesitas una nueva línea de salida en el ámbito de lo afectivo, en
el hogar.
Yo, en cambio, necesito romper con la servidumbre que
supone no haber dirigido correctamente mi camino en el aspecto
profesional- calla un tanto apesumbrada- Hasta ahora.- Y vuelve a
sonreir.
Miramos a Elena al unísono. Nos
devuelve la mirada a ambas alternativamente, yergue el busto y se
pellizca a la altura de la cintura.
-Mi nombre en grande en esa lista por
favor- añade con su habitual sorna- ¿Hace falta que mencione cuál
es mi necesidad de cambio?-
Va a salir bien, seguro. Es imposible que todo este entusiasmo y energía surjan en vano.
Por primera vez en mi vida no tengo preparado un plan detallado y, sin embargo, me encuentro confiada.
Porque no estoy sola.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Comenzar de Nuevo
“El sol es nuevo cada día"
(Heráclito de Éfeso)
Por lo visto Irene sabía lo de su
marido, así que al menos esa noticia incendiaria no la ha conocido
de mi boca.
Parece que está llorando. El rostro
ligeramente inclinado hacia el suelo, los hombros encorvados, las
lágrimas resbalan lentamente por su mejilla, con mansedumbre, como
si no quisieran molestar.
De pronto todo se ha convertido en un
momento absurdamente silencioso centrado en el llanto mudo de Irene.
Es curioso, porque la sinceridad de sus
emociones le otorgan una dignidad propia de las protagonistas de las
grandes novelas.Siento que a pesar del rímel corrido, en este instante me parece francamente hermosa. Con una belleza un tanto trágica y tan fugaz como inesperada...
Alza el rostro, pero no endereza la
postura. Sorbe ruidosamente por la nariz, ¿quién lo hubiera
imaginado de Irene?, y sigue hablando. Definitivamente Elena y yo nos
hemos quedado mudas.
-Se ha ido con ella. Ha dejado todo lo
que habíamos logrado para correr detrás de otra mujer. Ha
encontrado el amor, dice. Lo que sentía por mí no se parecía en
nada a ese nuevo sentimiento...¡Qué cinismo! Es como decirme que
hemos vivido en una pantomima que ya cansa porque ha durado más de
lo aceptable.-
Bueno, no creo que sea tan
descabellado. Hay veces en las que tomamos por realidad simples
reflejos solo porque se acercan al concepto que tenemos de la verdad.
Como en el Mito de la Caverna de Platón.
Pero por supuesto, me mantengo callada.
Hablar de ello ahora supondría una afrenta para el frágil corazón
de Irene y, sobre todo, para su ego herido.
-Como llevamos tantos años juntos,
salvo dos o tres excepciones- prosigue señalándonos- casi todos
nuestros amigos son comunes. Y es sencillo dividir los bienes
materiales, simple aritmética pero, ¿quién se queda con los
amigos?
Tengo la impresión de que ellos creen
que soy la merecedora de su lealtad. Después de todo yo soy la
abandonada ¡Y por otra mujer, nada menos! Sin embargo, en mi fuero
interno estoy convencida de que muchos apoyan a Ángel, y lo
animarían abiertamente si no fueran a comprometer con ello su
fidelidad-
-No pienses en ello- interviene Elena-
Ahora debes centrarte exclusivamente en ti y en tu hijo-
-Cuando pregunté a Ángel en qué
había fallado- continúa Irene ignorando a Elena- me contestó que
en nada, pero que yo le hacía sentirse como si el que fallara en
cada momento fuera él. Me dijo que jamás podría llegar a ser la
persona que yo esperaba que fuera, y se marchaba a intentar parecerse
a la persona que él quería ser...-
¡Ostras! Siento verdadera lástima por
el dolor de Irene, eso es incuestionable, a pesar de ello, y aunque
quizá no debiera, también empiezo a experimentar una profunda
admiración por la valentía de Ángel.
-Y se fue...- remata Irene con un
sollozo perfectamente audible- y ahora, ¿qué hago yo?-
-Empezar de nuevo- aventuro. Consejos
vendo pero para mí no tengo...
Me mira como si me viera por primera
vez.
- Y eso, ¿cómo se hace?-
domingo, 23 de diciembre de 2012
Navidad
Queremos desearos Feliz Navidad a todos los que estáis de ese lado.
Ojala que el año que acaba se lleve todo lo negativo que nos haya podido rondar y que el nuevo llegue con la promesa de enormes y hermosos sueños para ser perseguidos.
Zorionak eta Urte Berri On!!
miércoles, 28 de noviembre de 2012
La Verdad al Descubierto
“ La mentira nunca vive hasta llegar
a vieja”
(Sócrates)
Parece que no haya pasado nada, ni tan
siquiera el tiempo. Irene llega con su sonrisa de siempre, esa que
solo dibujan sus labios. Hierática, el resto del rostro transformado
en una máscara que oculta sus secretas emociones.
Sara se levanta y le planta dos
apresurados besos con ademán nervioso. No sabe qué hacer con el
sentimiento amargo que le produce esa información que maneja sin
haberlo pedido.
Personalmente, creo que es mejor que se
lo cuente a Irene para que pueda liberar esa absurda culpa que
alberga en lo más profundo. Así se lo dije, que no esperase más y
se lo contara. No sé qué hará.
Me levanto para abrazar a Irene. Tengo
la impresión de que, por un momento se afloja la tensión de su
cuerpo y se abandona al abrazo. Por un momento. Rápidamente cede la
relajación y regresa la tirantez a cada músculo de su anatomía.
Nos sentamos.
Sara y yo nos mantenemos calladas. Creo
que ambas pensamos que es Irene la que debe decidir en qué términos
o en qué tono iniciar la conversación.
- Bueno- comienza rompiendo un silencio
que comenzaba a tornarse molesto- Ya está. Todo ha terminado. Al fin
y al cabo no somos los primeros ni los últimos que pasamos por este
trance. Hemos cerrado una etapa de nuestra vida. Y ya está.-
Presiento que no está muy convencida.
Pienso, más bien, que repite una y otra vez que ya está para
autoafirmarse, pero si a ella le vale a mí también.
- El niño está bien- prosigue punto
por punto su perorata- Lo ha asumido con asombrosa naturalidad.
Después de todo no es el único de su clase cuyos padres se han
separado...- cuando se escucha decirlo en voz alta enrojece
ligeramente- Han sido días intensos de conversaciones y papeleos.
Todavía queda mucho que recorrer, pero parece que vamos por el buen
camino-
Sigue hablando, pero más que liberar
su pena, su reproche o su enfado, lo que está haciendo es enumerar
los datos de una detallada lista que ha confeccionado en su cabeza.

Tengo la impresión de que es la
película de su divorcio, un parloteo vacío para contentar nuestras
mentes curiosas y su ego herido.
Yo no necesito ésto, y por lo que veo, Sara tampoco. A juzgar por su expresión, opina lo mismo que yo.
No pedimos explicaciones, ni queremos que nos suelte un discurso preparado. Si no desea hablar de ello, que no lo haga, que se calle. Pero que sea honesta con su dolor...
Parece que Sara me ha leído el
pensamiento porque de pronto, e interrumpiendo un discurso casi
jurídico, suelta:
-Puedes desahogarte si lo necesitas.
Nos convertiremos en la bolsa de basura de tu dolor si es preciso-
Y presiona con afecto y con cuidado el
antebrazo de Irene.
-¡Estoy bien!- contesta a la defensiva
apartando ligeramente el brazo- Es una separación, no me he muerto.-
-Vi a Ángel con otra mujer- espeta
Sara, y el mundo se ralentiza y finalmente se detiene.
Ya está. Ahora sí que ya está. Las
cartas sobre la mesa, las acepte o no.
Irene mira a Sara con una mezcla de
inquina y agradecimiento durante unos segundos que se hacen
insultantemente eternos.Sara musita, imperceptiblemente, como si dibujara con los labios sin producir apenas sonido:
-Lo siento-
Y la tierra vuelve a girar.
Irene sacude la cabeza.
-Supongo que es absurdo pensar que iba
a poder mantener el engaño. Sin embargo era tan tentadora la ilusión
de mantener, aun cuando fuera un pequeño reducto de mi existencia,
todavía bajo mi control...-
martes, 20 de noviembre de 2012
Y Ahora, la Soledad
"Estoy solo y no hay nadie en el espejo"
(Jorge Luis Borges)
¿De quién es esa imagen que me
devuelve el espejo? ¿A quién pertenece ese rostro ajado, los ojos
hinchados, el cabello grasiento? No puedo ser yo. No quiero ser yo.
Pero sí: solo que soy una yo que
desconocía. Y no me gusta.
Estoy sola. Y aunque he vivido a veces
sin compañía, nunca había experimentado esta sensación de total
abandono. Jamás antes de ahora he compartido aire que respirar con la Soledad,
así, con mayúsculas.
Es una compañera horrible que reclama
a empujones su propio espacio, se entromete con descaro en el mío y
se burla con sorna de mi chándal viejo, mi camiseta mugrienta y mis
ojeras oscuras, casi negras.
Tengo una semana. Siete días colgados
en el limbo del tiempo para recrearme en mi dolor sin que nadie me
vea.
Iñigo está con mis padres.
Ángel se fue, y las habitaciones vacías son único testigo de mi desolación.
Ángel se fue, y ni tan siquiera puedo llorar, porque no sé ni cómo ni cuándo se ha instalado una pesada losa sobre mi corazón que me impide apenas sentirlo. Y solo deseo tumbarme, comer chocolate y ver la televisión en pijama.
Hemos decidido dejarlo... Ya...¡los
cojones! (y yo nunca digo tacos, ni tan siquiera los pienso). He
decidido acogerme al clavo ardiendo de la mentira piadosa y fingir
una versión oficial que no haga que los demás me vean como yo lo
hago: como una fracasada.
No lo hemos dejado. Ángel me ha
dejado. Por otra. Y lo más triste es que no es más joven ni más
delgada que yo. Pero le da chispa. Y yo no.
Yo solo le he dado un hijo, y le he
proporcionado la estabilidad suficiente como para que prospere en su
carrera y crezca como persona. Solo eso, y no basta.
Me siento en el pasillo, sobre el suelo
que un día elegimos juntos y contemplo con indiferencia las bolas de
pelusa que habitan los rincones. Juego a fantasear que todo esto no
ha pasado, que mi marido no se ha aburrido de mí porque, palabras
textuales, nuestra relación era una pantomima orquestada por mi
absurdo deseo de aparentar una felicidad que dista mucho de ser real.
Pero no puedo fingir durante mucho tiempo, porque no soy capaz de ignorar que esto sí es real.
Mi pareja se ha cansado de beber a
sorbitos una mecánica rutina a mi lado y se ha marchado a comerse la
vida a dentelladas con otra. Que no es más lista ni más guapa que
yo.
Suena el teléfono y lo ignoro. Creo
que tengo llamadas perdidas de todas las personas que conozco, pero
no quiero hablar con nadie. Porque quizá si oyese una voz amiga, un
atisbo de comprensión, podría derrumbarme. Y no quiero, no puedo
acogerme al consuelo fácil de la conmiseración ajena. Yo no soy
así. Soy una mujer fuerte.
No soy como mi madre, que ha adoptado
el victimismo por bandera y exhibe sin pudor ante propios y extraños
esa montaña rusa de emociones que arrastra a todos en sus vaivenes.
¡Cuánto he sufrido desde niña, al cobijo de su sombra, la
descripción pormenorizada de sus miserias más íntimas!,¡esa
necesidad que siempre ha tenido de sentirse especial aun en
circunstancias humillantes! ¿Por qué cuentas eso?, me hubiese gustado gritarle,
¿no te das cuenta de que ante sus ojos te conviertes en débil y vulnerable?
Y sí, mi madre conseguía despertar la
lástima en la mirada de los demás, sin embargo también logró
perder su dignidad ante la mía. Por eso yo no soy así: No quiero
compasión, a pesar de que cuando se acabe el estado de gracia de
estos siete días no sepa a qué vida debo volver. Pese a que todos
mis ahorros afectivos, que con mucho esfuerzo he atesorado para la
creación de un proyecto de vida perfecta, se hayan evaporado y se
quede en números rojos la cuenta corriente de mi porvenir. Aún así
sobreviviré. Porque soy fuerte.
Soy fuerte, soy fuerte, soy fuerte. Me
lo repito como un mantra mientras la nausea parte en dos mi abdomen.
Soy fuerte, soy fuerte, soy fuerte. Hasta que el sollozo atraviesa
como un látigo mis entrañas y sacude mis hombros demostrándome
que, después de todo sí acepto la lástima: la mía propia. Por mi
proyecto vital truncado y por ese pobre corazón oprimido, atrapado
bajo el peso de una losa que no puedo mover ni siquiera para pedir
ayuda.
Llora, Irene, llora. Tienes una semana
para hacerlo, y para vivir en pijama, ver programas absurdos y darte
atracones de patatas fritas y batido de chocolate.
En siete días te
vestirás tu ropa más favorecedora, esa de camuflar desilusiones,
maquillarás tu tristeza y serás una nueva separada entrada en los
cuarenta y con la seguridad de un pasado cerrado. Eso serás. Y
también, y aunque los demás no lo sepan, una patética mujer con el
temor a un futuro incierto y sin idea alguna de cómo afrontar su
presente...
jueves, 8 de noviembre de 2012
Conociendo a Irene II
De ninguna de las maneras quisiera
Irene aparentar los 41 años que cumplió en verano.
Todos los meses sin falta, acude a la
peluquería para que las canas no le arruinen ante el espejo la
ilusión de detener el tiempo.
Luce siempre el peinado perfecto, un
corte a la última aunque no demasiado atrevido: en estos momentos
corresponde con una melena desfilada en tonos dorados y perfectamente
alisada a diario.
Mide 1,62 m, aunque habitualmente lleve
tacones, no muy altos, pero sí lo suficiente para añadir de forma
permanente unos pocos centímetros a su esbelta figura.
Su cuerpo es atlético, torneado a base
de horas y horas de esfuerzo en el gimnasio. Se siente orgullosa de
lo que considera que es obra suya y gusta de lucirlo mediante la ropa
que escoge.
Adora la moda e invierte considerables
sumas de dinero en procurarse un buen fondo de armario que combina
con prendas de última tendencia que adquiere a precios más
asequibles. Invariablemente huye de los colores chillones y los
estampados estridentes.
Su mirada experta en estudiar su imagen
en el espejo, guía a su mano para conseguir con acierto disimular ,
a través del maquillaje, las imperfecciones de una piel no demasiado
lisa, una nariz un poco larga...
Emplea bastante tiempo en arreglarse
por las mañanas, y el resultado final es un rostro
sorprendentemente natural, en el que se potencian sus mejores rasgos:
el óvalo fino, los pómulos pronunciados, y en el que destacan de
forma especial sus ojos color avellana.
Aunque su figura y su indumentaria le
otorgan un aire juvenil, el gesto de tensión que frecuentemente
asoma a su semblante, contrae y envejece sus facciones. En los
últimos meses, debido a que un día leyó que a partir de los
cuarenta uno de los mejores trucos de rejuvenecimiento era el
blanqueamiento dental, ha pasado por el dentista y para enseñar su
renovada dentadura sonríe más a menudo, si bien es cierto que con
una sonrisa un tanto afectada.
Le satisface lucir joyas caras, con un
punto de extravagancia y que compra, según ella, a modo de
inversión.
Su perfume es equilibrado, apenas
perceptible pero asociado indefectiblemente a su presencia.
Irene representa el equilibrio en
superficie. Un equilibrio amenazado constantemente por el oleaje de
una perpetua tensión interna.
domingo, 28 de octubre de 2012
De Pronto, un Imprevisto
“Planee su día, pero deje siempre un
espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende
de usted”
(Instituto Francés de la Ansiedad y el
Estrés)
Ahí está Elena. A ver qué opina ella
de todo esto que no me permite pensar en otra cosa.
Tomo asiento y le lanzo una mirada
interrogante. No parece darse por aludida.
-¿No has leído el mail que nos ha
enviado Irene?- le pregunto.
- La verdad es que hoy no he tenido
ocasión de abrir el correo- responde con tranquilidad- ¿nos ha
mandado un e-mail?-
Es cierto. Elena tiene un móvil de los antiguos. Cada día reitera su determinación de agenciarse uno con Internet, pero siempre acaba por posponerlo... hasta hoy.
Saco mi teléfono del interior del
bolso. Correo. Entrada... aquí está. Lo abro y le alcanzo el móvil
a Elena.
Me acerco a la barra y, mientras, voy
reproduciendo en mi cabeza el contenido del mensaje de Irene.
Lo he leído varias veces, por lo tanto
intento sincronizar el texto de mis recuerdos con el que va entrando
de los ojos de Elena directo hacia su mente para interiorizarlo al mismo
tiempo.Hola chicas,
Es muy difícil para mí escribir este
mail. No obstante pienso que es la mejor manera de contaros mi nueva
situación. Espero que vosotras también lo creáis así o, por lo
menos, sepáis comprenderme.
Después de un tiempo sopesándolo,
Ángel y yo hemos resuelto separarnos.
Aunque os sorprenda, ha sido una
decisión meditada, consensuada y civilizada.
Ambos creemos que es absurdo tratar de
arreglar algo que no está roto, pero sin embargo ya no nos sirve.
Así que hemos decidido dejarlo a tiempo, antes de que todo se
deteriore.
Queremos hacerlo de forma que resulte
lo menos traumática posible para Iñigo.
Ángel se marchó de casa hace dos días, pero el niño no lo sabe porque está desde hace tres con mis padres, con la excusa de que vamos a pintar su habitación.
Pensamos que debemos ponernos de acuerdo sobre cómo contárselo antes de hacerlo. Después de todo tiene siete años, suficientes para entender, pero no tanto para afrontar con madurez. Por lo tanto hemos decidido acudir a un psicólogo, para que nos ayude a encararlo.
He pedido permiso en la oficina y
durante una semana he aparcado mi vida: el trabajo, el niño,
vosotras, el spinning... y me he metido de lleno en un trajín de
papeleos, abogados y psicólogos.
Supongo que comprenderéis que de
momento no me apetece hablar más del tema. He dado ya demasiadas
explicaciones y ya está todo dicho.
No os preocupéis por mí. Me encuentro
bien, tranquila y volveré pronto.
Os llamaré en cuanto esté de nuevo
operativa.
Un beso,
Irene.
Elena ya ha terminado, lo demuestra su expresión de incredulidad. Coloca con cuidado el móvil sobre la mesa.
-¡Qué mal!- expone como todo
comentario, y esa escueta valoración me conmueve. Porque yo también
estoy mal. Porque me siento absurdamente culpable. Parece que al
descubrir lo que pasaba abrí desde la distancia una caja de Pandora
en la que no queda ni tan siquiera la Esperanza.
Porque esto no debería haber ocurrido.
Todavía no habíamos decidido qué hacer con lo que sabemos y ya no
importa... o sí importa y seguimos sin decidirnos.
- Yo también me siento fatal-
corroboro- parece como si le hubiera fallado, no sé... Sin embargo
el tono del mail de Irene es bastante neutro, parece que está bien,
¿no crees?-
-No lo sé- responde Elena- ¿Recuerdas
cuando fuimos a gritar?, ¿recuerdas la cantidad de rabia que se
ocultaba tras la aparente calma de Irene?-
Asiento con la cabeza. Elena tiene
razón. ¿Quién sabe las tormentas emocionales que esconderá el
tono civilizado de este mail?
miércoles, 17 de octubre de 2012
Conociendo a Sara II
Mide 1,75 y todavía sigue padeciendo ese complejo de persona
demasiado alta que se inició en su adolescencia, cuando sacaba una cabeza a las
demás niñas y a algunos niños…
Es delgada y desgarbada. Su postura corporal parece
querer restar centímetros a la longitud de su espalda encorvando los hombros y
agachando la cabeza, lo que le otorga un aire de inmensa fragilidad. Parece que
le pesara la vida…
Tez morena. Sus ojos, entre verdes y castaños, no
son excesivamente grandes pero lo parecen porque siempre están abiertos de par
en par ante cuanto le rodea. Son la expresión máxima de su curiosidad innata.
El rostro anguloso revela las, ya más que
evidentes, líneas de expresión.
Nariz
recta. Labios finos.
Su sonrisa perpetua de persona tímida se cierra ocultando
una hilera de dientes bastante regulares.
Cuando cumplió los cuarenta años, hace ahora casi
dos, cambió su eterna melena castaña por un corte de pelo radical, casi a
trasquilones, que le confiere un atractivo aspecto entre sexy y aniñado y
resalta su largo cuello moreno.
Jamás se pone tacones. Cuestión de altura. Le
encantan las sandalias planas y las botas cómodas.
Se
viste como si en vez de resaltar su cuerpo quisiera apartar la atención de él
trasladándola a la ropa que elige.Le
entusiasman los estampados de vivos colores, los bombachos, las túnicas. En
realidad le gustan las prendas étnicas que desprendan ese exotismo que ella
tanto anhela. Adora el tacto de la seda y el terciopelo sobre la piel.
No sale de casa sin pintarse la raya de los ojos y
aplicarse brillo en los labios. Cuando cree que la ocasión lo requiere, incide
especialmente en la mirada, y maquilla sus expresivos ojos con una dramática
sombra ahumada.
Se perfuma a diario, justo después de vestirse, con
una fragancia floral en la que predomina sutilmente el jazmín, su aroma
favorito.
Le fascina la bisutería llamativa. Recargadas piezas
de plata y piedras semipreciosas cuelgan de su cuello, adornan sus orejas,
rodean sus larguísimos dedos…
Su aspecto externo depende de su estado anímico, y
según el día, pasa de extravagante a recatada.
Es por todo esto que Sara desprende un halo de
fragilidad y exotismo a partes iguales…
jueves, 4 de octubre de 2012
Una Decisión Complicada
“La persona que pretende verlo todo
con claridad antes de decidir, nunca decide"
(Henri-Frédéric Amiel)
- Bueno, entonces, ¿se lo contamos a
Irene o no?- pregunta Sara por enésima vez- ¿qué hacemos?
Pues nada. No vamos a hacer nada. Lo obviaremos.
Porque si lo contamos fuera de aquí, se convertirá en realidad. Y golpeará a Irene con fuerza arrolladora, y tal vez a nosotras también.
Porque, en este caso, callarse no significa desentenderse, significa haber tomado una de las dos decisiones posibles.
Si solo pudiera olvidarlo todo... ignorar la urgencia de una respuesta, mirar para otro lado y seguir con mi vida de siempre...
Eso querría decir. Pero no lo digo.
- No sé, Sara- respondo sin embargo- Tampoco conocemos toda la historia. Irene apenas habla de su matrimonio. Puede que formen una de esas parejas abiertas...- aventuro sin convicción.
- ¿Irene?, ¿nuestra Irene?- pregunta Sara con un deje de ironía- ¿De verdad piensas que puede tomar parte de algo así?-
- Supongo que no- me rindo a la
evidencia- Pero, ¿tú crees que quiere saberlo?-
- Esa es la cuestión fundamental- comienza Sara
suspirando- yo creo que todo el mundo tiene derecho a conocer la
verdad, pero también a ignorarla. ¡Qué complicado!
Siempre que imagino a Irene la veo como
el reflejo externo de una mujer con una firme voluntad. Justo debajo,
donde no se puede ni tan siquiera intuir si no es rompiendo esa
coraza, creo que se esconde una mujer vulnerable que se encuentra tan
dominada por la otra, que no se permite ni mostrarse.
Mucho me temo que esta noticia destrozaría a ambas por diferentes motivos.
A la vulnerable por lo evidente: la traición del amor. A la fuerte por la proyección social de lo que, probablemente, ella considere como un fracaso personal...
- Tampoco sabemos si es una aventura puntual o es una relación duradera. No creo que sea lo mismo- expongo.
- Yo tampoco- secunda Sara- Creo que
podría disculpar una canita al aire provocada por las
circunstancias, pero pienso que una relación paralela sería
imperdonable...-
Perdonar... Hasta ahora estaba tan
concentrada en decidir si contárselo a Irene y en prever su reacción
más inmediata, que no me había parado a pensar a más largo plazo:
de saberlo ¿sería capaz de perdonar?-
- ¿Tú crees que Irene toleraría una
infidelidad?- pregunto.
Sara calla. Piensa antes de hablar,
como si estuviera escogiendo las palabras precisas:
- A veces tengo la impresión de que,
frecuentemente, Irene actúa de cara al exterior. Como si fuese una
obra de teatro y ella representase el papel de una mujer que tiene la
vida perfecta.
Creo que por ese motivo, y si nadie más
lo supiese, obviaría el tema para no defraudar a ese supuesto
público que espera un final feliz-
Justo lo que yo pienso.
- Pero eso no es perdonar- intervengo.
Sara sacude la cabeza negando
tristemente.
-Si te sucediese a ti ¿te gustaría
saberlo?- le pregunto.
Sara suspira y responde de inmediato:
- Sí- afirma rotunda- creo que el
conocimiento es la base de la libre elección y la semilla de las
decisiones acertadas. ¿Y tú, querrías saberlo?-
- No lo sé- respondo y experimento una
repentina sensación de desazón recorriendo todo mi cuerpo- En parte
me gustaría saberlo, pero si no voy a actuar en consecuencia, o no
es una de esas relaciones largas que hemos mencionado, me decanto por
la ignorancia.-
No quiero decirlo. No quiero oírlo. No
quiero saberlo. No quiero que me pase...
Creo que voy a pedir una palmera de chocolate para endulzar un poco este trago amargo...
Me giro hacia la barra y veo movimiento en las mesas cercanas, algunas personas comienzan a levantarse. ¿Qué hora es? Miro al reloj.
Es casi la hora en la que termina el
judo. Irene no ha venido...
jueves, 13 de septiembre de 2012
Conociendo a Elena II
Cuarenta y un años bien llevados, la
sonrisa fácil y el gesto pausado.
El cabello, castaño claro, cuelga
hasta sus hombros en una melena lisa partida por la mitad o domado
hacia atrás cuando lo recoge en una desmadejada coleta floja.
Las canas a menudo festonean sus
sienes, porque se siente perezosa para acudir a la peluquería con la
frecuencia con la que demandan las raíces de su pelo.
Sus ojos son azules tirando a grises:
sosegados, dulces, acogedores.
El rostro recuerda al de una Madonna de
un pintor barroco: el óvalo redondo, la piel fina y luminosamente
clara. Sobre ella en contraste, diríase casi en relieve, una boca
de labios rojos y dientes grandes.
Se ríe mucho. A carcajadas. Con la a.
Frecuentemente contagia a las personas
de su entorno con el sonido cantarín de su risa y las impulsa a
participar de su alborozo.
Mide 1´64 m. De su peso no habla.
Es rotunda de formas. Cadera ancha y
pecho generoso, muy femenina.
Normalmente viste cómoda, con mallas y
botas altas, jerseys amplios o largos vestidos vaporosos.
Sin embargo hay días en los que se
despierta sexy, se sube a unos tacones y se embute en una blusa de
escote pronunciado.
Entonces se mira en el espejo y se
siente poderosa.
No se resigna a su actual talla, por lo tanto, en su armario conviven en singular armonía las prendas que usa junto con las que, aunque no pierde la esperanza de volver a ponerse, en estos momentos no le es posible.
No se resigna a su actual talla, por lo tanto, en su armario conviven en singular armonía las prendas que usa junto con las que, aunque no pierde la esperanza de volver a ponerse, en estos momentos no le es posible.
Su perfume se compone de notas cítricas
que se elevan por encima del olor a suavizante de su ropa.
Nunca se maquilla, por pura pereza.
No obstante, en ocasiones especiales,
se regodea sombreando sus párpados con colores metálicos que
realzan el color de sus ojos y erotiza sus labios aplicando sobre
ellos un sensual y húmedo gloss brillante.
Entonces se mira en el espejo y siente
que Cenicienta se ha convertido en princesa.
Sus joyas se reducen a la clásica
alianza de boda y a unos pendientes de oro blanco que le regaló su
marido el día en que nació su hijo.
Cuando está pensativa o escucha
atentamente, apoya el codo izquierdo en cualquier superficie que se
encuentre a su alcance, y con esa mano acaricia el lóbulo de su
oreja.
Emana de todo su ser una profunda
sensación de presencia absoluta y de perfecto enraizamiento.
Ella es Elena...
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Bendita Ignorancia
“No sabemos lo que nos pasa, y eso es
precisamente lo que nos pasa”
(José Ortega y Gasset)
¿Llego tarde o es que Elena y Sara han
llegado pronto?
Ya han terminado los cafés y, por lo
que veo, Elena ha consumido también algo de bollería. Quedan migas
delatoras en un plato. ¿Qué le habrá ocurrido esta vez? ¿Qué
poderoso motivo le habrá obligado a saltarse la dieta?
Yo ya ni pregunto. En fin.
Están hablando de trabajo. Más bien de su ausencia.
Me saludan un tanto distraidamente, como si les costara mirarme, y siguen con la conversación:
- Bueno- cuenta Elena- los masajes no son productos de primera necesidad, y la gente espera a tener una contractura descomunal para venir a visitarme...
Antes repartía las citas con mucha
antelación. Cuando terminaba una sesión, el cliente normalmente
pedía hora para la siguiente.
Ahora te suelta el temido: “Ya te
llamaré”, que significa que, con suerte, volverá cuando antes de
cruzar una calle tenga que mover, en vez de solo el cuello, todo el
cuerpo de un lado a otro para ver si vienen coches...-Nos reímos pero asentimos con la cabeza.
Personalmente no creo que mi puesto de
trabajo corra peligro a corto o medio plazo, sin embargo estoy
preocupada por Ángel.
Este fin de semana ha tenido que asistir a una muy larga reunión laboral. Llegó ayer, cansado. No contó nada.
Esta mañana, antes de irse, ha musitado que tiene que hablar conmigo. Casi lo ha susurrado, como si no quisiera que el niño le oyera. Parecía serio.
Creo que algo no marcha en su empresa,
pero no comento nada.
Habla Sara:
- Sí, el tema laboral está mal para todos.
Cuando comencé a escribir, pensaba que Internet iba a ser la salida natural a mi creatividad, que las nuevas tecnologías se aliarían para dar a conocer mi trabajo.
En un principio me resultó incluso sencillo. Me convertí rápidamente en colaboradora habitual en una página web fija, y, aunque el sueldo no era para lanzar cohetes, me encontraba realmente satisfecha conmigo misma, porque estaba convencida de que había subido el primer peldaño, y de que mi avance iba a ser ya imparable. Ocurrió todo lo contrario.
Poco a poco fueron escaseando los
encargos, y un buen día, sin previo aviso, la página web con la que
colaboraba dejó de existir.
Sin una explicación, sin conocer nunca
el motivo, me encontré igual que al principio. O peor, puesto que en
lugar del imparable avance que había vaticinado, llegó mi primer
gran retroceso.Decidí, entonces, introducirme en el mundo de los redactores por encargo... ¡vaya jungla!- Sara toma aire y resopla con fuerza- Me he encontrado con situaciones verdaderamente bochornosas: personas que, sin ningún pudor, copian los contenidos de otras y los presentan como propios, gente que decide que cualquiera puede dedicarse a escribir y entregan trabajos repletos de fallos ortográficos garrafales... y no estoy hablando de alguna tilde mal colocada, no. Hablo de haches y uves...
Durante esta andadura, he descubierto
además, que hay páginas en Internet en las que registrarse como
autor. Ponen en contacto a los redactores con los clientes
potenciales quedándose ellos con una parte del dinero que ingresa el
autor. Hasta aquí todo correcto.
Existen varias categorías de
escritores,dependiendo del talento demostrado en una prueba de
redacción inicial. Según la categoría, la tarifa es diferente.
Bien.Lo sorprendente del caso es que los escritos de la categoría inferior, los más baratos, se describen como buenos, y en la explicación se especifica que “contienen algunas faltas de ortografía” ¿Es eso profesional?
Y lo más humillante de todo...- Sara
vuelve a respirar hondamente- es cuando ofrecen un euro por un
artículo que debe ser lo suficientemente largo, original, bien
escrito, a poder ser por un licenciado en Periodismo o similar...¡Un
euro!
Soy muy consciente de que no es a través de esa jungla por donde cruza mi camino, pero necesito encontrar o inventar otra forma de ganarme la vida con esto. De lo contrario tendré que dejarlo y olvidarme de la escritura para siempre... ya sabéis, Don Dinero manda...- finaliza con una mueca de tristeza.
Tiene razón. Nos acostumbramos rápido a los dos sueldos, a las comodidades, y gastamos en base a lo que ganamos. Si se reducen los ingresos, nuestra vida cambia. Vivimos en base al dinero que tenemos...
Si ahora Ángel se quedara sin trabajo dispondríamos de menos y tendríamos que renunciar a ciertos extras que hacen que mi vida sea más placentera.
Espero que sea un malentendido y que lo que me tiene que contar no tenga nada que ver con esto...
martes, 21 de agosto de 2012
El Ambiguo Poder de la Verdad
“Es tan difícil decir la verdad como ocultarla”
(Baltasar Gracián)
Elena está tardando una eternidad.
Miro el móvil. No ha contestado a mi mensaje. ¿Lo habrá recibido?
Le he pedido que venga un poco antes
porque tengo que hablar con ella. Cojo el móvil para ver qué hora
es. Cuando lo vuelvo a colocar en la mesa me percato de que ni tan
siquiera he visto el reloj. Vuelvo a mirar. Todavía es pronto, pero
mis extremidades empiezan a experimentar el familiar cosquilleo
previo a un estado de nerviosismo extremo. ¿Por qué tarda tanto?
Bebo un sorbo de té y me quemo la lengua. En realidad han pasado unos pocos minutos y no ha tenido ocasión para enfriarse.
No ha dado tiempo a nada. Solo a
ponerme nerviosa...
Respiro hondo y dirijo mi atención hacia el centro de mis emociones, unos dedos por debajo del ombligo. Vuelvo a respirar. Una vez más... Mejor.
Llega Elena. Con su paso reposado y su sonrisa perpetua. Me saluda alegremente.
-Tengo que contarte algo muy fuerte- le digo de sopetón- Siéntate.
Elena se ríe.
-¿Otra vez?- pregunta con sorna. No me he dado cuenta de que estaba ya sentada.
-El sábado vi al marido de Irene con otra mujer- suelto de tirón, sin preámbulos.
-¿Con otra mujer?- pregunta anonadada- ¿Cómo?-
- Como te estás imaginando en este momento. Muy acaramelados en un bar de Laguardia.-
-¿Qué hacías tú en La Rioja?- pregunta con una expresión de sincera curiosidad en el rostro.
No puedo evitar una sonrisa ante lo cómica que resulta la curiosidad de Elena dentro de la dramática situación. Porque ella no sabe que que ayer estuve todo el día a punto de llamar a Irene y contárselo todo. No sabe que no lo hice por miedo, porque no me atrevía a enfrentarme a su reacción, fuese cual fuese.
Pensé que hablar con Elena rescataría la razón de entre la marejada de mis emociones. Así que contesto:
- Nos fuimos con unos amigos a pasar el día en una bodega. Después de cenar fuimos a tomar unas copas, y allí estaba Ángel, en un bar-
-¿El te vio?- inquiere Elena ya sumergida en la historia.
- No, estaba muy ocupado. De todas formas no creo que me hubiese reconocido. Solo hemos coincidido una vez en una exhibición de judo de los niños, y apenas nos hablamos...-
-¿Estás segura de que era él?- y su gesto va mudando, de sorpresa a preocupación.
-Sí. Soy buena fisonomista- contesto convencida- Además está el detalle de que Irene nos ha contado más de una vez que ha su marido le falta la falange del dedo anular. Al de Laguardia también.-
Elena calla. Creo que está intentando asimilar la información.
-¿Qué hacemos?- le pregunto sintiendo un vacío a la altura del estómago- ¿se lo contamos a Irene?-
Elena continúa callada. Me mira con expresión desvalida y sacude la cabeza suspirando.
- Voy a pedir- anuncia levantándose de la silla y acercándose a la barra.
Me encuentro más tranquila. Las preocupaciones compartidas pesan menos y entre las dos hallaremos una solución. ¿O no?
Elena ha vuelto de la barra con un café con leche y una napolitana de chocolate. La charla que hemos mantenido le ha llenado de angustia e intenta que el chocolate la reconforte. Ahora lo veo.
En este momento se ha percatado de que
la he incluido en un conflicto en el que en un principio estaba yo
sola. Y ahora tenemos que tomar una decisión. Las dos.
Mi confesión ha actuado como los vasos
comunicantes. Mi ansiedad no ha desaparecido como por arte de magia:
simplemente se ha trasladado una parte desde mi persona hacia Elena.
No creo que sea justo para ella.


Come en silencio. Concentrada. Creo que bloqueada.
-¿Se lo decimos?- pregunta- Creo que nos va a odiar hagamos lo que hagamos...
Asiento con la cabeza. Es Irene. Creo que nos va a odiar por el simple hecho de saberlo antes que ella...
-No tenemos que tomar la decisión en este momento ¿no?- aventura Elena con expresión de súplica en la mirada.
Me parece que quiere evadirse. Yo la he
metido en esto. Tengo que ayudarla a salir.
Me encojo de hombros:
-Podemos consultarlo con la almohada- propongo. Y ella respira aliviada. Ha huido del problema retrasando la solución. Para mí no es un remedio ni mucho menos, pero Elena ha sacado la preocupación de su presente, que es donde vive, para trasladarla a un lugar en el que no habita.
Cambia radicalmente de tema. Como si no hubiese existido la conversación. Me cuenta ahora su fin de semana. No le escucho. Solo pienso en Irene...
Hasta que llega. La ropa adecuada. El pelo alisado. El maquillaje impecable y la sonrisa perfecta.
Tal vez en breve el corazón en ruinas...
domingo, 10 de junio de 2012
Vacaciones

Sara, Elena e Irene se van a tomar unas merecidas vacaciones. Volverán sobre la segunda quincena de Julio con fuerzas renovadas y más ganas de seguir charlando. Os quieren agradecer a tod@s por interesaros por sus ilusiones, sus miedos y sus deseos, que a veces son extrapolables a los de muchas otras personas.
En especial querrían agradecer a tod@s aquell@s que dejan su opinión por escrito, porque son los que, con sus comentarios, mantienen viva la esencia del Blog...
Muchas gracias y un beso enorme,
La Principiante.
miércoles, 30 de mayo de 2012
El Valor de la Constancia
“Cada fracaso enseña al hombre algo
que necesitaba aprender”
(Charles Dickens)
- ¿No sigues con la dieta?- pregunta
Sara y en su voz intuyo un poso de desilusión.
Sería fácil mentir. Contentarla.
Fingir que todo va estupendo y que estoy encantada de la vida. Pero
no. No voy a engañar a nadie, y menos a mí misma.
- Sigo, sí, pero sin ilusión...un día sí y dos no- comparto con ellas- Lo intento. Os aseguro que lo intento. Pongo en práctica todos los trucos que planeasteis para mí: Lo tomo como un juego. Pienso en esa recompensa que, espero, tengáis ya preparada- nos reímos mientras asienten con la cabeza- Me bombardeo con afirmaciones positivas. Intento autoconvencerme de que es lo mejor para mí, de que es la base para lograr una vida sana. Pero en vano- Resoplo.
Lanzo una mirada implorante. Espero que me contesten. Espero que alivien esta sensación de fracaso que me corroe por dentro. Porque yo sola no puedo...
-Quizá es que no estás siguiendo la
dieta adecuada- aventura Irene con cautela- cuanto más personalizado
es un régimen, mayor es su eficacia-
-Claro- secunda Sara- Elige de la comida que puedas comer, la que más te guste. No solo tienes que comer pescado hervido. Hay recetas dietéticas muy apetitosas-
No me entienden. No se trata de la comida. Es una cuestión de actitud. Se lo digo.
- No es eso, conozco todos los
regímenes del mundo: los personalizados, los generales, los que
están de moda y las dietas milagro...- suspiro- He acudido a
nutricionistas y centros para adelgazar. Siempre me pasa lo mismo:
Comienzo entusiasmada, no existe en mi vida nada más que la dieta,
pero a medida que transcurren los días me impaciento, pierdo fuelle
y me invade el desánimo-
Me callo. Me cuesta reconocer que me
afecta. Intento seguir con mi vida como si no me importara nada, como
si yo estuviera por encima de esas cosas. Sin embargo en el fondo lo
considero un pequeño, o no tanto, fracaso.
Irene y Sara esperan. Sigo hablando:
- Es entonces cuando comienzo con los
excesos. Al principio son algo puntual, luego pasan a ser más
frecuentes y finalmente vuelven a ser parte de mi rutina diaria-
- Si algo estoy aprendiendo de vosotras
es que los excesos no son malos en sí- afirma Irene rotunda con una
sonrisa radiante- Da igual que sea un grito o un pastel, a veces lo
necesitamos. Piensa en cualquier proceso largo que emprendas en la
vida como recorrer un camino. No pasa nada por sentarse un rato a
descansar, lo que hay que aprender es a levantarse después y seguir
caminando.-
Irene enrojece un poco a causa del discurso que acaba de soltar, en el que empieza a creer.
- Sí, sé que tienes razón- le
respondo- pero dónde o cómo puedo aprender a tener esa constancia
que me ayude a continuar por el camino. En mi caso, cuando me invade
el desánimo, abandono todo sin aparentes remordimientos y me embarco
en algún otro proyecto que aplaque mi sed de entusiasmo.-
Me está sentando bien compartirlo con
ellas. No sé, tengo la impresión de que no me juzgan, ni tan
siquiera Irene. Por eso me resulta fácil sincerarme. Recuerdo todos
mis proyectos abandonados a la mitad y sigo, esta vez con una
sonrisa:
- Cuando empiezo algo, no importa que
sea una dieta o un curso, inmersa en mi entusiasmo inicial me procuro
todo tipo de material relacionado con la nueva actividad. Me equipo
de arriba a abajo aun antes de haber comenzado, sin saber si voy a
seguir. Así tengo los armarios llenos de libros de dietas, botes de
productos para régimen a medio utilizar, cuadernos casi vírgenes,
manualidades sin acabar, cremas anticelulíticas recién empezadas...
Barbie kits los llamamos en mi casa- Se ríen- Mi última adquisición
es el pack de macrobiótica: un libro, algas, miso orgánico...-
-¿Te has vuelto macrobiótica?-
pregunta Sara interesada.
-Lo fui durante cuatro largos días-
respondo. Se vuelven a reír.
-Bueno, tú piensa que si un día
sientes la irrefrenable necesidad de aplicarte crema anticelulítica
a las dos de la mañana, no tienes que buscar una farmacia de
guardia, la tienes ya en casa- apostilla Irene en el mismo tono
jocoso.
A veces tengo la sensación de que
oculto con el humor mis verdaderos sentimientos. Creo que me río de
los problemas en vez de padecerlos o afrontarlos. Sé que es bueno
desdramatizar, pero tal vez algún día me convenga enfrentarme a
pecho descubierto con el dolor. No sé.
Interviene Sara:
- Igual es que no aceptas las emociones
negativas. Disfrutas tanto del entusiasmo mientras dura, que cuando
comienza a disminuir, corres a buscar algo diferente que te
proporcione la misma emoción. Un poco como las personas que son
adictas al enamoramiento y pasan de pareja a pareja sin que madure
nunca la relación-
Tiene sentido.
- Como te he dicho antes,- continúa
Irene- si estás desanimada, es el momento de sentarse. Pero no de
dar marcha atrás y regresar al principio. Cuando hayas descansado
sigue por el mismo camino. Tienes que utilizar la constancia-
- Eso es- añade Sara- Yo también creo
que la solución es integrar el desánimo en tu vida más que huir de
él. Comprender que es un estado pasajero, no un fin absoluto. Y,
aunque en esos momentos te parezca que todo lo que haces no da
resultado, recuerda el cuento de las ranitas
miércoles, 16 de mayo de 2012
La Añoranza del Pasado
“Vengo con mi recuerdo inmutable, tan
intacto en su ayer que no encaja en el ahora”
(José Luis Sampedro)
Se sienta y se ríe.
- ¿Qué te pasa?- pregunta Sara sonriendo contagiada por su alegría.
- La verdad es que no tiene ninguna gracia- contesta Irene- pero como me habéis abducido, ahora me tomo las cosas de forma positiva y me río por cualquier cosa- añade irónica.
- Cuando venía hacia aquí un chico me ha llamado señora. En la puerta del cajero le ha dicho a su amigo: “deja que pase la señora”- prosigue- Y no era un niño de diez años, no, tendría unos veinte. ¡Qué mayor me he sentido!-
-Bueno- interviene Sara riendo- piensa que por edad, incluso podrías ser su madre-
- Ya- continúa Irene- Pero es triste pensar que invierto un montón de tiempo y dinero en gimnasio y cremas para que al final, en vez de ser una madurita sexy, sea: ¿una señora? ¡Vaya fracaso!-
Se ríe. Nos reímos las tres, pero creo que en el fondo no le hace ninguna gracia.
Me parece que Irene pretende ganar la batalla al tiempo, y contar derrotas resulta catastrófico para su autoestima.
-¡Pero si estás estupenda!- le animo. De verdad lo pienso- Yo no he tenido ese cuerpo ni con veinte años...-
- No se trata tanto del cuerpo como de la cara- responde con un gesto de resignación- Son las arrugas, las marcas de expresión, la flaccidez... Cuando más consciente soy de ello es cuando reviso antiguas fotos. Envidio esa tez lisa, ese rostro resplandeciente...-
-¡Uy las fotos!- comenta Sara- A mí las fotos antiguas, además de evidenciar los estragos causados por las modas tanto en el pelo como en la ropa,- nos reímos- me llevan directamente al momento en que fueron sacadas. Vuelvo a revivir entonces emociones del pasado, que ya sabéis que es mi paraíso perdido-
Suspira y continúa- Objetivamente soy consciente de que estoy en un momento estupendo de mi vida. Tengo una familia a la que adoro y me estoy empezando a querer y a valorar a mí misma también. Comienzo a lograr un equilibrio entre la mujer que soy y la que quiero llegar a ser... Sin embargo, a veces echo en falta sensaciones que se quedaron en el pasado...-
- Te entiendo- sigue Irene- Yo añoro las ilusiones intactas. Tener toda la vida por delante para cumplirlas antes de que el tiempo, una vez conseguidas, se encargue de devaluarlas- añade casi para si misma-
Estoy convencida de que el día que fuimos a las rocas Irene expulsó algo más que un grito. Se está empezando a sincerar y a soltar lastre. Le va a venir muy bien.
- Yo sobre todo recuerdo las primeras
veces. Bueno, más bien los momentos anteriores a todas las primeras
veces...- prosigue Sara.
-El día anterior a emprender el primer
viaje con alguna amiga. Justo antes de entrar, por vez primera, a
clase en la Universidad. El instante previo a acudir a una cita con
un chico al que acabas de conocer, prepararse antes de salir de
fiesta un sábado. Ese momento en el que eres consciente de que vas a
hacer al amor por primera vez...-
Creo que nos ha convenido a las dos. Yo también echo de menos esos momentos. Sara continúa:
- Sin embargo, nada me parece
comparable al segundo justo anterior al primer beso. Y no hablo del
primer beso en la vida- sonríe con mirada pícara- sino del primer
beso con cada chico.
Ese instante en el que el mundo se
reduce a una burbuja cerrada habitada por los dos. En el que sientes
el vértigo porque sus ojos te atraen como el abismo y te pierdes en
su mirada. Ese momento en el que todo tu cuerpo se convierte en pura
gelatina y crees que tus piernas no te van a sostener. Acercarse a
cámara lenta, la respiración agitada, y una amalgama de alientos
cuando las bocas están ya próximas. Una promesa que pasa a ser
realidad cuando los labios al fin se juntan y las lenguas pasan a
explorar la boca ajena...-
- ¡No sigas por favor!-interrumpe
Irene riendo- ¡Me estoy derritiendo! ¡Quiero vivir esa sensación!-
-¡Yo también!- secundo con un
puchero- ¡Y la quiero ahora!-
Nos reímos y después callamos. Cada una embebida de sus propios besos.
- Y tú, ¿qué es lo que más echas de menos?- me pregunta Sara rompiendo el silencio.
Reflexiono por un momento y lo tengo claro:
- Sentirme segura ante el espejo- afirmo rotunda- Y creo que no es una cuestión tanto de edad como de actitud. Tú antes has comentado que en tu caso no era una cuestión de cuerpo.- me dirijo a Irene que asiente con la cabeza- En el mío sí: este no es el mejor momento en mi relación con él, y añoro cuando nos llevábamos bien, cuando colaborábamos. No era una top model, pero me sentía atractiva. Y tenía fuerza de voluntad...-
-Pero sigues con la dieta,¿no?-
pregunta Irene- ya se te empieza a notar...-
- Bueno- respondo- Unos días más que otros...-
martes, 8 de mayo de 2012
El Grito Liberador
“Si no tienes la libertad interior,
¿qué otra libertad esperas poder tener?”
(Arturo Graf)
Esto es surrealista. Las tres en pie,
en el borde de las rocas. Asomadas al abismo del mar.
Elena y Sara
esperando a que grite bien. Pero, ¿cómo se supone que es un grito
correcto?
Lo más surrealista de todo es que en medio de esta insensatez, en lo que más pienso es en que esta mañana he madrugado para plancharme el pelo y, con esta humedad, noto cómo está comenzando a ondularse.
Estas dos siguen sin rendirse, ¿qué pretenden de mí? Lo he intentado, pero no es suficiente. Nunca lo es. Debería poder hacerlo mejor.
Pero no quiero preguntar cómo hacerlo. Tengo la impresión de que de esa manera rebajo el valor de lo logrado.
Sin embargo se espera de mí que lo consiga. Y quiero acabar con esto de una vez, así que pregunto:
-¿Cómo tengo que gritar para liberar la rabia?- y esa pregunta me hace sentir inferior.
-Inspira profundamente,- explica Sara con voz queda- e intenta que el aire llegue lo más adentro que puedas. Una respiración abdominal. ¿Sabes hacerlo?-
Asiento con la cabeza. Claro que sé.
-Cuando lo hagas, intenta retener el aire un momento- continúa Elena con voz excitada- Entonces concéntrate en tu rabia, siéntela, recréate en ella y suéltala en forma de grito-
Ya estamos. No me han aclarado nada. Conceptos vagos pero no me han explicado exactamente cómo he de gritar.
Bueno, empezaré por la respiración abdominal. Eso sé hacerlo.
Inhalo lentamente y siento cómo el aire hincha mi abdomen. Lo retengo. Ahora tengo que pensar en mi rabia. De acuerdo.
Reflexiono sobre las veces que salgo
tarde de trabajar a causa de la dejadez de otras personas. Por ahí
voy bien. La impuntualidad. Sí, eso me enfurece. La gente que cree
que su tiempo es más valioso que el mío y me hace perderlo
esperando. Las madres indolentes que permiten a sus niños ser
maleducados con el resto. Perfecto.
Y lo que más me irrita es no ser capaz
de demostrar lo que siento en esos momentos, tener que aguantar mi crispación bajo
control porque no considero que sean razones suficientes para
enfurecerme públicamente.Esto funciona. La familiar y molesta sensación a la altura del estómago comienza a crecer. La noto...
Me descubro pensando en Ángel y, sorprendentemente, me encuentro con la ira que me provoca que dé por sentadas ciertas cosas. Que no exprese sus deseos porque se supone que yo debo adivinarlos. Que mis emociones tengan que fluctuar según su estado anímico para no romper el equilibrio, y que ambos asumamos que yo tomo las riendas en todas las ocasiones. Estaba convencida de que era lo que yo quería. Pero no.
Siento rabia.
Pienso en cómo mi madre dispone de mi tiempo. En sus sutiles comentarios que yo interpreto inmediatamente como órdenes.
Siento rabia.
Ahora retrocedo y veo claramente a esa
niña dócil a la que enviaron a ballet aunque ella prefería el
baloncesto. A la que aconsejaron, por su bien, estudiar secretariado
en vez de diseño. A la que animaron a casarse con ese “buen
chico”.
Veo a esa niña que me reprocha, llena de rabia, haber permitido que hicieran eso conmigo. Me pregunta con gritos mudos por qué no me he rebelado, por qué he actuado siempre como los demás pretendían que lo hiciera, por qué pretendo que los demás actúen a mi manera...
La sensación de mi interior ha tomado cuerpo hasta convertirse en una bola imposible de contener, e inevitablemente se transforma en grito.
No nace de la boca del estómago. Comienza más abajo, en el vientre, y adquiere una fuerza imparable que impregna de ansias de libertad cada célula de mi ser. Cierro los ojos. Abro la boca y grito. Lloro. Y grito a través de todos los poros de mi piel.
Por la niña que fui. Por la madre,
esposa e hija que soy. Grito para liberarlas a todas de la pesada
carga de la ira contenida. Esa rabia que, escondida tras la máscara
de la compostura, habitaba en mí sin tan siquiera ser consciente.
El grito se alarga, crece en intensidad
y finalmente muere tragado por el murmullo de las olas. Me vacío
totalmente. Continúo con la boca entreabierta, las lágrimas
recorriendo mis mejillas. Tiemblo un poco.
Sigo pensando que la situación es surrealista, porque a pesar de la experiencia que acabo de vivir no puedo dejar de pensar en que voy a llegar a casa con el pelo rizado y el rímel corrido...
Me río. Sara y Elena ríen conmigo. A carcajadas.
Experimento una cálida y desconocida sensación de pertenencia. Estoy tomando parte en algo.
Siempre me he quedado un poco apartada
en los actos participativos. Lo observo todo, incluso lo juzgo, pero
desde detrás de una invisible barrera.
No sé, supongo que me he colocado una
coraza, que es la que quiero mostrar al resto y tengo miedo de
quitármela y perder la compostura.¡Ay madre, que esto es inseguridad! ¡La leche! ¿Yo también? ¿Cuándo ha aflorado en mí esa emoción?
Después de todo tenía razón. Esto ha sido un akelarre en toda regla..
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